Chino de mierda

Descubro, casi de casualidad y al cabo de meses que duraba la historia, que a un niño de 13 años le están acosando. Doy con los acosadores. Cuatro o cinco repetidores, espabilados, cargados de amonestaciones y alguna expulsión. Todos coinciden: era una broma, él mismo la aceptaba, es nuestro amigo.

Años y décadas de reformas educativas y temas transversales para llegar al mismo punto. El sistema escolar como réplica de la organización militar, de los cuarteles y ejércitos donde se impone la jerarquía del más fuerte, del más veterano, del más cruel.

Los cuatro o cinco angelitos le pedían día sí día también un euro para la merienda. Como no me lo des te vas a enterar. O le obligaron a entregar una consola que después el cabecilla revendió a mitad de precio. O le confiscaron uno o dos móviles. Y él calló durante meses, hasta que lo descubrimos por casualidad. Y entonces casi ni se atrevía a ratificar lo que ya sabíamos.

No había aclarado que es chino. Y que es tímido. Y que es buen alumno, todas las asignaturas con buenas notas. Chino de mierda le decían en broma.

Fui a la policía a presentar la denuncia, con nombres y apellidos. Escéptico, porque no existe una política judicial clara contra este tipo de abusos sin sangre.
Pero ya que la Administración educativa no hace absolutamente nada, al menos en la comisaría uno tiene la impresión de que le escuchan.

Niños sobreprotegidos pero abandonados

La mayoría de preadolescentes que observo y trato en el Instituto tienen un cierto estatus. Sus familias no quieren que sean menos y les dan dinero para la merienda o los visten a la moda. Y les compran el móvil, a veces de contrato.

Una vez recriminé a un alumno de 14 años que llevase una camiseta con un eslógan estampado de carácter pornográfico. Un juego de palabras (”Hoy follo… mañana fatatas” o algo así) si se quiere ingenioso y hasta ingenuo pero totalmente inadecuado como vestimenta escolar, y añado ahora que el chico era repetidor de 1º de ESO y estaba suspendiendo 8 asignaturas. Al razonar con él sobre tal indumentaria, se mostraba reacio a aceptar ni uno solo de mis argumentos. Es más: ponía cara de sorprendido. ¿A qué venía tanto escándalo por mi parte? Le dije que fuese a casa a cambiarse de camiseta. Que no tenía dinero para el bus. Yo te lo dejo, le ayudé… En fin, un diálogo de besugos hasta que me contó que había ido a comprar la camiseta con su madre.
La llamé, le conté el uniforme y me confirmó, igualmente sorprendida, la versión. No imaginaba que algo así estuviese prohibido, decía.

Nilños sobreprotegidos, mimados, consentidos. Que no se angustien, que no se depriman, que no se enfaden. Las mamás y papás acuden al Instituto en calidad de abogados defensores, si no de fiscales contra tal o cual profesor o norma. Papás y mamás que quieren ser comprensivos, tolerantes, pacientes, amistosos. “Que sea en la vida lo que quiera, con tal de que sea feliz”
Niños incapacitados para el dolor, el sufrimiento, la represión, la negación, los contratiempos, el sacrificio. Niños obligados a ser felices.

Pero por otra parte, niños abandonados. Sin papá ni mamá que esté junto, al lado de, cerca de, encima de. Exigiendo, controlando, acompañando.
Niños que se pasan solos (a veces incluso físicamente) horas y horas en casa o la calle por las tardes. En todo caso, hablando por el móvil o el Messenger con amigos e intermediarios. O pululando juntos de portal en portal. Abandonados a su desorientación existencial, a su debilidad síquica, a su vulnerabilidad afectiva, a su pereza, a su programa artificial de felicidad.
Consumidores de tele, se echan una siesta, comen tarde y mal: niños salvajes, financiados por unos papás que tienen que trabajar para mejorar el tren de vida, por unas mamás solteras que no llegan casi a fin de mes.

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